En los callejones de la ciudad, a la luz de las farolas, existen diferencias entre los seres que pululan alrededor de la basura, la aventura, sobrevivir . El paisaje cambia y se llena de personajes de aspecto siniestro, con pasos lentos y pesados, en ronda nocturna.
Desde donde se observa a la luna, en los tejados y expectantes, el habitante de las calles se conforma como público que no atiende a entender que pasa en su reino de cubos de desechos.
En silencio se firmó un pacto y en él, un orden jerárquico. ¿Los perdedores?, los moradores de la noche, los que bailaban sus colas sibilinamente al son del saxofón. Ya no se escucha la música y anhelan con ansiedad las sobras del festín de aquellos que se pasean , por las secciones de aquel improvisado hipermercado callejero, de reflejos en latón, tal cual gatos castrados de vida, en su carrera hacia la supervivencia...
A los ojos de los viandantes, el horror de la pobreza inunda las calles de indigentes anónimos y la inquietud de pensar, que algún día podría tocarles compartir como gatos, aquel exquisito manjar a la luz de las farolas.
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